Interés general
12/12/2025

EL CUERPO NO ES UN CHISTE, ES UNA VIDA

Seguimos diciendo que , "de los cuerpos no se habla”, pero en televisión, en redes sociales y en la vida cotidiana, los cuerpos siguen siendo material de burla. ¿Por qué no podemos dejar de juzgar lo que no nos pertenece?

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

Hay un discurso que repetimos como mantra: “de los cuerpos no se habla”.

Pero mientras lo decimos, mientras se viralizan consignas sobre diversidad física y respeto, mientras celebramos campañas de aceptación, en los medios ocurre lo contrario.

En ciertos paneles, en el streaming, en los programas que viven del comentario fácil, los cuerpos se siguen usando como si fueran material de humor, como si fueran objetos, no personas.

Si sos bajita, te dicen “petisa”, si tenés unos kilos de más, “gordito”, “rellenita”.

Si sos blanca, “pálida”, “transparente”, “parecés enferma”; si sos morocha, “la negra”. Y así, sin límite.

Como si la apariencia fuera un permiso abierto para clasificar, señalar y humillar.

Lo que más inquieta no es el chiste en sí, sino la naturalidad con la que alguien se siente autorizado a opinar sobre el cuerpo del otro. Como si existiera una jerarquía donde algunos pueden decidir qué cuerpo vale y qué cuerpo merece burla, como si tuvieran una lupa moral para examinar al resto.

Hay comentarios que no buscan humor: buscan ubicar al otro en un lugar inferior. Reducirlo a un rasgo, a una medida, a un color, exponerlo como si fuera espectáculo.

¿Hasta qué punto eso es válido?

¿Hasta qué punto dejamos de ver al otro como persona?

¿En qué momento dejamos de registrar que la burla, por más cotidiana que parezca, duele?

La violencia simbólica es así: silenciosa, disfrazada de costumbre, aceptada como algo menor, pero en realidad opera sobre lo más íntimo que tenemos: cómo nos vemos, cómo nos sentimos; quién creemos que somos.

Quien recibe el comentario no escucha un chiste, escucha un juicio.

Y un juicio repetido, dicho por alguien con visibilidad o con poder mediático, puede convertirse rápidamente en una verdad interna.

“Soy esto que dicen que soy”. “Valgo lo que mi cuerpo muestra”. “Mi piel, mi altura, mis kilos, mi forma, mi color definen mi lugar en el mundo”.

Todos atravesamos inseguridades, todos tuvimos momentos en los que un comentario nos marcó. Pero hay personas que viven esa inseguridad como un estado permanente, porque toda la vida les hicieron sentir que su cuerpo era un error para corregir.


Y ahí es donde aparece algo más profundo: la violencia del color de las formas, de los tamaños.


En la Argentina, si sos blanca te dicen pálida, “enferma”, “te falta sol”. Si no sos blanca, te dicen “negra”, no como descripción cromática: como sentencia social. Como si el color definiera carácter, clase, educación o pertenencia.

Y en los últimos años aparece un término que genera incomodidad porque nombra lo que el país siempre esquivó: la persona marrón.

¿Qué significa?

Es un concepto que nació desde los movimientos de identidad, sobre todo desde el colectivo Identidad Marrón, para nombrar a quienes fueron sistemáticamente invisibilizados: personas de piel oscura, con rasgos indígenas, descendientes de pueblos originarios, migrantes limítrofes, sectores populares.

El término marrón no nació para insultar: nació para existir, para tener un nombre que no esté ligado al desprecio, como tantas expresiones racistas que aún circulan. Para tener representación en un país que se contó a sí mismo como blanco mientras ocultaba su verdadera diversidad.

Entonces, sí: también se juzga el cuerpo desde el color.

La piel se vuelve motivo de burla, de sospecha, de comentario liviano, de “es un chiste, no te lo tomes tan en serio”.

Pero es serio.

Es muy serio.

El cuerpo no es solo un vehículo estético. Es la biografía de alguien.

Es su historia familiar, sus raíces, sus traumas, su salud, sus miedos, sus fortalezas.

Cuando nos burlamos del cuerpo del otro, nos burlamos de todo eso.

Cuando señalamos el color de piel como si fuera un dato opinable, estamos diciendo algo más grave: “tu identidad es un chiste”.

Y ese chiste duele.

Duele y deja marcas.

Marcas que se transforman en silencios, en auto-odio, en depresión, en retraimiento social.

Marcas que pueden derivar en problemas de salud mental que nadie ve hasta que aparecen como crisis: trastornos de alimentación, autoexigencia extrema, rechazo al propio cuerpo.

La anorexia y la bulimia no nacen de un comentario, pero a veces se activan por uno.

Un comentario dicho frente a millones o uno dicho en la cocina de la casa familiar, o uno dicho en un programa donde la risa funciona como cobertura para la crueldad.

La pregunta no es si podemos opinar sobre cuerpos ajenos.

La pregunta es: ¿para qué lo hacemos?

¿Para sentirnos superiores?

¿Para ocupar un lugar que no nos pertenece?

¿Para reforzar jerarquías viejas, crueles y arbitrarias?

¿Para seguir alimentando la idea de que existe un cuerpo “correcto” y todo lo demás es material descartable?

Si entendemos que la salud mental importa; que la diversidad corporal es real; que la identidad de cada persona merece ser respetada; que el color de piel no determina valor; si entendemos todo esto… entonces ya no hay espacio para la burla.

Podemos hablar de moda, de estilo, de estética.

Podemos debatir gustos, tendencias, formas de vestir.

Pero nunca desde el desprecio.

Nunca desde la violencia.

Nunca desde el lugar cómodo del que observa y juzga lo que no le pertenece.

El cuerpo del otro no es un chiste.

El color del otro no es un chiste.

La identidad del otro no es un chiste.

Y quizás el verdadero cambio empiece ahí: en dejar de reír por costumbre, en empezar a mirar con empatía y en recordar algo simple pero urgente: la dignidad no se discute. Se respeta y esto es el verdadero lujo silencioso.


Hasta la próxima

La Señora del Lujo Silencioso


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