Interés general
17/12/2025

EL LUJO QUE NO HACE RUIDO

Al final, todo vuelve siempre a la misma pregunta: ¿Qué estamos dispuestos a perder como sociedad? Vivimos en una época que celebra la velocidad. La inmediatez como valor, la rapidez como sinónimo de eficiencia, el “ya” como respuesta automática.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

Todo tiene que estar disponible, resuelto, entregado sin espera y en ese apuro constante, pocas veces nos detenemos a pensar qué queda en el camino.

Qué se resigna cada vez que elegimos sin mirar, sin preguntar, sin entender.


Porque los oficios no desaparecen de golpe.

Desaparecen decisión a decisión.


Cada vez que elegimos rapidez por sobre criterio.

Cada vez que premiamos el precio sin comprender el proceso.

Cada vez que confundimos exclusividad con marketing.

Durante años se nos enseñó a valorar el resultado final, pero no el recorrido.

A mirar el objeto terminado, pero no las manos que lo hicieron posible.

A desear lo visible, lo inmediato, lo aspiracional, aun cuando detrás no hubiera sustancia, conocimiento ni historia.

Así, casi sin darnos cuenta, fuimos vaciando de sentido palabras que alguna vez significaron algo profundo: calidad, oficio, identidad, lujo.

En ese contexto, la exclusividad se transformó en un concepto inflado, asociado más a la escasez artificial que al saber real. A la estrategia comercial antes que a la maestría, a un relato bien contado más que a una identidad sostenida en el tiempo.

No todo lo caro es valioso.

No todo lo exclusivo es auténtico.

Y no todo lo que se presenta como lujo lo es.

Esta lógica también atraviesa a las grandes marcas.

Hoy, muchas decisiones ya no se toman desde la identidad, sino desde el balance.

Los CEOS (directores ejecutivos), cada vez más formados en finanzas que en cultura, gestionan marcas como activos financieros.

El objetivo es claro: ganar más, más rápido.

A cualquier costo.

Y en ese camino, algo se pierde.


No es casual —y tampoco es inocente— lo que ocurrió con muchas casas históricas.

Chanel ya no es Coco. El espíritu fundacional fue desplazado por una maquinaria que produce, vende y crece, pero que hace tiempo dejó de dialogar con la mujer que le dio origen.

Yves Saint Laurent se transformó en YSL. Un gesto que puede parecer menor, pero que simbólicamente resulta devastador: borrar el nombre del creador es borrar una identidad, una historia, una mirada.

Christian Dior hoy es simplemente Dior. Reducido a una marca global que funciona más como plataforma comercial que como proyecto autoral.

No se trata de nostalgia ni de idealizar el pasado, se trata de comprender que cuando una marca renuncia a su nombre, también renuncia a parte de su alma.

Se vuelve más vendible, más adaptable, más rentable, pero también más genérica.

Más intercambiable.

Más parecida a todas las demás.

En ese proceso, la identidad deja de ser un valor y pasa a ser un obstáculo.

El creador estorba.

La historia incomoda.

El criterio se negocia y el lujo, entendido como expresión cultural y no solo como negocio, se vacía de sentido.

Frente a ese escenario, la artesanía aparece muchas veces mal entendida, asociada al pasado, a la nostalgia o a lo antiguo.

Sin embargo, la artesanía no es pasado, es conocimiento vivo, es experiencia acumulada, es error corregido. Es aprendizaje transmitido de mano en mano, de generación en generación.

Es tiempo, y el tiempo, hoy, parece ser uno de los bienes más escasos y menos valorados.

Cada vez que elegimos algo hecho con tiempo, con saber, con manos que conocen lo que hacen, no estamos sosteniendo solo una economía, estamos sosteniendo memoria. Estamos defendiendo una forma de trabajar, de crear y de vincularnos con los objetos que nos rodean.

En un mundo saturado de cosas, el valor ya no está en la acumulación, está en el criterio, en saber distinguir, en elegir menos, pero mejor; en entender que no todo lo nuevo es valioso y que no todo lo valioso necesita gritar para ser visto.

Quizá el verdadero lujo hoy no sea tener más, sino elegir mejor. Saber esperar. Saber decir que no.

Reconocer cuándo hay detrás un proceso real y cuándo hay apenas una puesta en escena.

Elegir con criterio no es un acto menor, es una forma de posicionarse frente al mundo.

Cada decisión de consumo valida un modelo: uno que privilegia la velocidad y el descarte, o uno que apuesta por la calidad, el conocimiento y la continuidad.


Y ahí aparece con claridad el concepto de lujo silencioso.


No es ganar dinero perdiendo identidad.

No es crecer a cualquier precio.


El verdadero lujo silencioso es bancar la identidad, bancar la calidad, bancar aquello que persevera en el tiempo.

Es sostener un criterio aun cuando sería más fácil resignarlo.

Es entender que crecer no debería implicar dejar de ser quien se es.


Porque, al final, lo verdaderamente exclusivo no es lo que pocos pueden comprar.

Es lo que pocos saben hacer.

Y la pregunta vuelve, inevitable:

¿qué estamos dispuestos a perder… y qué estamos dispuestos a sostener?

El lujo silencioso vive donde hay criterio, tiempo e identidad.

No busca convencer ni seducir: se sostiene.

En un mundo que corre, el verdadero lujo silencioso es quedarse fiel a lo que uno es.


Hasta la próxima!

La señora del Lujo Silencioso


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