Mientras muchos argentinos seguimos creyendo que el lujo siempre llega desde Europa, una de las casas más prestigiosas del mundo viaja hasta la Puna para buscar la fibra más fina del planeta.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
La Rural, los ponchos, las ruanas y el caso Loro Piana nos invitan a una pregunta incómoda: ¿por qué el mundo valora nuestro patrimonio textil antes que nosotros?
Cada cuatro años el Mundial logra algo extraordinario.
Sin que nadie nos diga qué hacer, millones de argentinos volvemos a vestirnos de celeste y blanco.
Las camisetas salen del placard, aparecen bufandas, gorros, accesorios y hasta quienes nunca usan esos colores terminan llevándolos con orgullo.
Durante unas semanas, la moda se convierte en una forma de expresar identidad.
Con la Exposición Rural ocurre algo parecido.
De pronto reaparecen los ponchos, las ruanas, las botas, los sombreros y las bombachas de campo.
Muchas personas recorren los pabellones descubriendo tejidos artesanales, fibras naturales y prendas que representan la historia de nuestras provincias.
Por unos días, pareciera que todos queremos volver a abrazar nuestras raíces.
Y entonces aparece una pregunta inevitable.
¿Por qué esa identidad dura solamente lo que dura una feria?
¿Por qué el poncho parece reservado para una visita a La Rural?
¿Por qué una ruana queda guardada para una ocasión especial?
¿Quién decidió que una prenda tejida en un telar artesanal no puede acompañar un jean, un pantalón de sastrería o un vestido contemporáneo?
Hace años que investigo el concepto de lujo silencioso y cada vez estoy más convencida de que muchas veces seguimos buscando afuera aquello que ya tenemos en casa.
Argentina posee una de las tradiciones textiles más valiosas de América Latina.
En Jujuy, Salta, Catamarca y otras provincias todavía existen comunidades que hilan, tiñen con pigmentos naturales y tejen como lo hicieron sus abuelos y bisabuelos.
En la Patagonia se producen lanas extraordinarias.
En distintos rincones del país sobreviven oficios que no se aprenden en una fábrica: se heredan, se respetan y se perfeccionan con el paso del tiempo.
Y hay un dato que debería hacernos reflexionar.
Mientras muchos argentinos seguimos creyendo que el lujo siempre llega desde Europa, una de las marcas más prestigiosas del mundo viaja hasta la Puna argentina para buscar aquello que nosotros producimos desde hace siglos.
Hablo de Loro Piana, probablemente una de las mayores referencias internacionales del lujo silencioso y de las fibras naturales de excelencia.
En los últimos años la firma italiana avanzó en acuerdos con las provincias de Catamarca y Jujuy y en iniciativas junto a Salta para trabajar con la fibra de vicuña, considerada la fibra animal más fina y exclusiva del mundo.
Pero el proyecto va mucho más allá de una simple compra de materia prima.
Los convenios impulsan el fortalecimiento de las comunidades locales, la comercialización con menor intervención de intermediarios, la capacitación de los productores y la preservación del chaku, la ceremonia ancestral mediante la cual las vicuñas son capturadas, esquiladas y liberadas nuevamente en su hábitat sin sufrir daño.
Es decir, una de las marcas que mejor representa el lujo silencioso en el mundo no viene a enseñarnos qué es el lujo, viene a buscarlo.
Y ese, quizás, sea el dato más revelador de todos.
Mientras nosotros seguimos asociando el lujo con una etiqueta extranjera, el mundo ya descubrió el valor de nuestras fibras, de nuestros artesanos y de nuestros saberes ancestrales.
Quizás el problema nunca fue la falta de calidad.
Quizás el problema fue que todavía no aprendimos a mirar nuestro propio patrimonio con los mismos ojos con los que lo mira el resto del mundo.
Porque cuando elegimos un poncho tejido en Catamarca, una ruana realizada en un telar del norte argentino o una bufanda confeccionada con lana natural de la Patagonia, no estamos comprando solamente una prenda.
Estamos sosteniendo el trabajo de un artesano, estamos ayudando a que un oficio no desaparezca.
Estamos preservando técnicas transmitidas de generación en generación.
Y también estamos apostando por una industria textil nacional que hoy atraviesa enormes desafíos.
El verdadero lujo nunca fue solamente una marca.
El verdadero lujo siempre estuvo en el tiempo que demanda una prenda hecha a mano, en la nobleza de sus materiales, en la calidad de sus fibras y en las personas que mantienen vivo un oficio.
La Exposición Rural nos recuerda, cada año, que esa riqueza sigue existiendo, que no pertenece al pasado, que no es un disfraz para una fiesta patria ni una moda de invierno.
Es parte de nuestra identidad.
Hace pocos días tuve la oportunidad de recorrer distintas comunidades textiles en México.
Allí conocí mujeres que todavía hilan, tiñen y tejen con técnicas ancestrales que, sorprendentemente, dialogan con muchas de las tradiciones que encontramos en el norte argentino.
Ese viaje me confirmó algo que venía pensando desde hace tiempo: el lujo silencioso no entiende de fronteras, habita allí donde existen el tiempo, el oficio, el respeto por los materiales y la transmisión de un saber de generación en generación.
En las próximas columnas quiero compartir esas historias, porque descubrí que México y Argentina están unidos por mucho más que un telar: comparten una manera de entender el valor de lo hecho a mano.
Y quizás, cuando terminemos ese recorrido, descubramos que el mayor lujo no era el que venía de lejos.
Era el que siempre estuvo esperándonos, aquí mismo, entre nuestras montañas, nuestros telares y nuestras propias manos.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
Mientras muchos argentinos seguimos creyendo que el lujo siempre llega desde Europa, una de las casas más prestigiosas del mundo viaja hasta la Puna para buscar la fibra más fina del planeta.
¿QUIEN DEBE GANAR EL MARTIN FIERRO DE ORO?
Lo que comenzó como una jornada de descanso durante los festejos por el 4 de julio en Miami terminó convirtiéndose en un verdadero escándalo para Luciana Salazar.