En Taxco, una fotografía de 1934 me llevó hasta Alfonso Gómez, aprendiz de William Spratling y abuelo de Hugo Leyva. Una historia de oficio, familia y transmisión de un saber que, casi un siglo después continúa vivo.
Volver a México después de veinte años no estaba en mis planes.
Pero hay viajes que parecen esperarnos.
Regresé de la mano de dos amigos, Fran y Toño, dos personas que aman profundamente México, su historia, sus tradiciones y esa manera tan particular que tiene este país de conservar el pasado sin dejar de hacerlo presente.
Y así llegué nuevamente a Taxco de Alarcón, en el estado de Guerrero, luego de 20 años de mi primer viaje.
Taxco es una ciudad que parece hecha para ser descubierta despacio.
Sus calles empinadas, sus casas blancas, sus balcones, sus iglesias y, por supuesto, la plata, pero esta vez quería mirar más allá de las vidrieras y de las piezas terminadas.
Quería encontrar a quienes mantienen vivo el oficio.
Y encontré una fotografía.
Una de esas fotografías que, al principio, parecen simplemente antiguas, hasta que uno descubre quién está allí.
La imagen pertenece a un documento del histórico taller de William Spratling, fechado el 22 de septiembre de 1934.
Allí aparecen quienes formaban parte de aquel taller: jefes, auxiliares y aprendices.
Entre esos rostros jóvenes está Alfonso Gómez.
Y esa fotografía tiene una particularidad que para mí la convierte en mucho más que un documento histórico: décadas después, su nieto Hugo Leyva me recibió en el Taller Leyva y me contó la historia de aquel hombre.
De pronto, el pasado dejó de ser una fotografía.
Tenía nombre y apellido.
El comienzo de una historia
Hugo me cuenta que el Taller Leyva nació en 1970 y que fue una creación de su abuelo, Alfonso Gómez, quien había trabajado para William Spratling.
Spratling fue un arquitecto estadounidense que llegó a Taxco, descubrió la tradición de la platería que existía en la región y en 1934 abrió allí un taller que sería fundamental para el desarrollo de la platería artística de la ciudad.
Hugo recuerda que aquel taller, conocido como Taller de Las Delicias, fue un punto de encuentro para una nueva generación de plateros.
Y algo fundamental comenzó a suceder.
Los jóvenes aprendían.
Aprendían a trabajar la plata, pero también a diseñar, a dibujar, a transformar una idea en un objeto.
Y después, con el tiempo, muchos de aquellos aprendices fueron tomando sus propios caminos.
Cada uno comenzó a desarrollar su trabajo y, posteriormente, su propio taller.
Alfonso Gómez fue uno de ellos.
La fotografía de 1934 lo muestra cuando todavía era joven.
El Taller Leyva, fundado en 1970, demuestra que aquel aprendizaje no quedó detenido en el pasado.
Continuó.
El oficio se aprende con las manos.
Hay algo que Hugo dice durante nuestra conversación que explica mejor que cualquier definición qué significa la transmisión de un oficio.
Cuenta que, aunque estudiaban, desde chicos, por las tardes, se metían en el taller con su abuelo.
Así empezaba el aprendizaje.
No necesariamente con una clase formal.
No con un manual.
Sino mirando.
Probando.
Equivocándose.
Volviendo a empezar.
La plata también se aprende con las manos.
Hugo explica que cada persona puede desarrollar diferentes habilidades.
Algunos tienen más talento para diseñar; otros para tallar; otros para determinadas etapas de elaboración.
Y también está quien se ocupa de atender al cliente y conocer qué necesita cada pieza.
Es una verdadera cadena de conocimiento.
Una generación transmite a la siguiente aquello que recibió de la anterior.
Y eso es, precisamente, lo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de patrimonio.
Patrimonio no es solamente una pieza antigua guardada en un museo.
También es el conocimiento que permite volver a hacerla.
De la plata a la pieza.
Hugo me explica cómo comienza una pieza de plata.
Primero hay que definir qué se va a realizar.
Después llega la fundición y la aleación correspondiente.
La plata se transforma en laminados de diferentes espesores y, a partir de allí, comienza el armado.
Una joya puede parecer sencilla cuando la vemos terminada.
Pero detrás hay una sucesión de decisiones y técnicas.
En el Taller Leyva trabajan con diferentes terminados y técnicas.
Una de ellas es el cartoneado, que permite construir una pieza a partir de distintas partes que luego se unen para conseguir la forma deseada, evitando que sea excesivamente pesada.
También trabajan acabados como el pavonado y el abrillantado.
La plata cambia de textura, de luz y de carácter.
Porque la plata también tiene eso: puede ser brillante, opaca, negra, escultórica, delicada o monumental.
Y eso fue precisamente lo que me sorprendió al entrar al Taller Leyva.
Yo esperaba encontrar joyas.
Encontré también esculturas.
La Piedad
Entre ellas estaba La Piedad.
Una pieza que obliga a detenerse.
Hugo me explicó que para este tipo de trabajos utilizan una técnica de electro formado de alta gama.
Primero se realiza la escultura en resina polimerizada.
La escultura se trabaja completamente a mano y después se incorpora una fina capa de cobre que permite aplicar las capas de plata.
La pieza no es completamente maciza.
La plata se incorpora mediante un proceso que permite conseguir volumen, espesor y detalle sin que el peso y el costo de una escultura completamente sólida hagan imposible su realización.
Pero la parte que más me interesó fue otra.
Le pregunté cuánto tiempo había llevado hacer La Piedad.
La respuesta fue sencilla:
Dos meses y medio, aproximadamente.
Dos meses y medio de trabajo para una sola pieza.
La Piedad es una pieza única y está a la venta.
Su valor es de 25.000 dólares.
Pero cuando uno conoce la historia que existe detrás, la cifra deja de ser el único dato interesante.
Porque allí también están las horas.
La técnica.
El diseño.
La paciencia.
La mano del artesano.
Y una tradición que comenzó mucho antes de que esa escultura existiera.
Una fotografía que volvió a hablar
Mientras recorría el taller y escuchaba a Hugo, no podía dejar de pensar en aquella fotografía de 1934.
En uno de esos pequeños retratos ovalados está Alfonso Gómez.
Un joven que aparece entre los auxiliares y aprendices del taller de Spratling.
Casi noventa años después, su nieto está frente a mí contándome cómo comenzó todo.
Y ahí entendí que quizás esa fotografía había sido la verdadera puerta de entrada a esta historia.
Porque cuando hablamos de patrimonio solemos pensar en grandes edificios, monumentos, museos o piezas históricas.
Pero hay otro patrimonio, menos visible.
El de los oficios.
El de las manos.
El de los conocimientos que pasan de una persona a otra.
El de un abuelo que deja que sus nietos entren al taller por las tardes.
El de un apellido que se transforma en una casa de trabajo.
El de una pieza que tarda meses en terminarse cuando el mundo actual nos ha acostumbrado a quererlo todo inmediatamente.
“Es para toda la vida”
Antes de terminar nuestra conversación, le pregunté a Hugo algo que me parecía inevitable.
¿Este oficio puede desaparecer?
Su respuesta me dio tranquilidad.
Me contó que todavía hay personas interesadas en aprender.
Que llegan desde distintos lugares de México para formarse y que existen espacios donde se enseñan estas técnicas.
Y entonces dijo una frase que me quedó grabada:
“Es uno de los oficios más hermosos que existen y es para toda la vida.”
Quizás allí esté la clave.
Un oficio sobrevive cuando alguien quiere aprenderlo.
Y se convierte en patrimonio cuando alguien, además, quiere transmitirlo.
El verdadero lujo silencioso.
Volví a Taxco después de veinte años.
Y esta vez regresé acompañada por Fran y Toño, dos amigos que comparten conmigo ese amor por México que no se limita a sus paisajes.
Ellos aman su historia.
Sus tradiciones.
Sus pueblos.
Sus artesanos.
Esa memoria que todavía vive en las manos de quienes trabajan.
Y quizás por eso este regreso tuvo otro significado.
Porque detrás de cada objeto que encontramos hay una historia.
Y detrás de cada historia, alguien que decidió conservarla.
Los Leyva son parte de esos guardianes.
Alfonso Gómez recibió un oficio.
Lo convirtió en su propio camino.
Creó el Taller Leyva.
Y ese conocimiento llegó hasta su nieto Hugo.
La fotografía de 1934 quedó detenida en el tiempo.
Pero la historia no.
La historia siguió trabajando.
Siguió diseñando.
Siguió fundiendo plata.
Siguió pasando de generación en generación.
Y mientras existan personas dispuestas a sentarse junto a un maestro para aprender, ese patrimonio seguirá vivo.
Porque quizás el verdadero lujo silencioso no sea llevar una pieza de plata.
Quizás sea saber quién la hizo, cuánto tiempo llevó hacerla y qué historia de manos, maestros y generaciones existe detrás de ella.
En Taxco entendí que hay tesoros que no brillan solamente por la plata.
Brillan porque todavía tienen memoria.
Y esa memoria, mientras alguien la cuide, seguirá siendo patrimonio.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
En Taxco, una fotografía de 1934 me llevó hasta Alfonso Gómez, aprendiz de William Spratling y abuelo de Hugo Leyva. Una historia de oficio, familia y transmisión de un saber que, casi un siglo después continúa vivo.
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