Durante décadas, Argentina tuvo una industria textil que hoy parece ciencia ficción.
No solo vestía a su mercado interno: exportaba telas de altísima calidad a Europa, incluso a países con tradición textil centenaria.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
No es nostalgia.
No es romanticismo industrial.
Es memoria.
Paños para tapados y abrigos que competían (y muchas veces superaban) a los europeos.
Una de esas fábricas fue Teubal Argentina, ubicada en Navarro, Prov. de Buenos Aires.
Producía paños que se exportaban a Inglaterra.
Paños tan buenos que terminaban cosidos en tapados que se vendían como “ingleses”. Solo quien descosía el forro encontraba la verdad: Teubal Argentina.
Yo no leí esa historia: la viví.
Conocí a John Nolan, uno de los dueños de Teubal.
Éramos vecinos, nos vendía esos paños para hacernos tapados, blazers.
Tapados de verdad: de calidad, lanas puras, abrigados, durables.
Conocí su trabajo, su estándar, su obsesión por la calidad.
También conocí a los dueños de La Emilia, (me crie con ellos, familia amiga de mi familia, compartíamos los veranos en Mar del Plata), otra fábrica emblemática de nuestra historia textil.
La Emilia había sido fundada a fines del siglo XIX por los hermanos Leodegario y Quintín Córdova, inmigrantes españoles, y llevaba el nombre de Emilia Benito, esposa de Leodegario.
No fue solo una fábrica: fue una comunidad entera organizada alrededor del trabajo.
Familias, oficio, continuidad.
Una forma de vivir.
En los años 60, 70 y principios de los 80, Argentina tenía una cadena textil integrada: materia prima, conocimiento técnico, industria, escala y calidad.
Había fábricas, pero también había saber, había tiempo, había orgullo por producir bien.
El deterioro no empezó en los 2000.
Empezó antes. Mucho antes.
A fines de los 70, la apertura económica comenzó a encarecer producir y a abaratar importar. No fue un derrumbe inmediato, pero sí un desgaste constante. La industria textil —que necesita previsibilidad y planificación a largo plazo— empezó a perder competitividad.
En los años 80, en un contexto de inflación, crisis económica y falta de crédito, muchas empresas históricas no resistieron. Teubal cerró entre 1985 y 1987.
No por falta de calidad. No por falta de mercado. Sino porque el modelo dejó de acompañar a la producción.
En los años 90 llegó el quiebre más profundo.
La apertura indiscriminada y la convertibilidad hicieron que importar ropa terminada fuera más barato que fabricar. Allí ocurrió algo clave: mientras muchas fábricas cerraban, otras empresas crecieron adaptándose rápidamente a ese nuevo escenario.
Algunas marcas lograron expandirse con fuerza, diversificar su oferta y crear nuevas líneas orientadas a distintos públicos —mujer, niños, adolescentes— combinando producción local con un volumen creciente de importaciones.
Parte de sus prendas se fabricaban (y aún se fabrican) en Argentina, pero una porción importante comenzó a producirse afuera.
Esa estrategia les permitió crecer, escalar y consolidarse.
No fue ilegal.
No fue improvisado.
Fue una respuesta empresarial racional a un modelo económico que dejó de premiar la producción industrial y empezó a favorecer la importación.
Después de la crisis de 2001 hubo otro golpe silencioso, menos visible pero igual de profundo: la imposibilidad de modernizar la industria.
Durante los años siguientes, muchas fábricas textiles, marroquineras y zapateras lograron sostener producción y empleo para el mercado interno, pero no pudieron incorporar tecnología, maquinaria y conocimiento al ritmo que lo hacía el mundo. Importar bienes de capital, máquinas, repuestos o sistemas tecnológicos se volvió difícil, costoso o directamente inviable.
Mientras tanto, en otros países —incluso en la región— la tecnología se volvió indispensable: diseño asistido por computadora, automatización, nuevas técnicas de corte, procesos más eficientes y precisos. Esa modernización permitió competir globalmente, exportar y sostener calidad con escala.
En Argentina, en cambio, muchas fábricas quedaron trabajando con máquinas viejas, deterioradas o desactualizadas, sosteniendo la producción a fuerza de ingenio y oficio, pero sin las herramientas necesarias para dar el salto tecnológico. El saber seguía estando, pero faltaban los medios.
Ese atraso no se ve en el corto plazo, pero se paga después: menor productividad, mayores costos, dificultad para exportar y una industria que queda relegada frente al mundo.
Y así, de manera silenciosa, perdimos fábricas, perdimos oficio y perdimos memoria.
Dejamos de hablar de telas, de paños, de composición, de densidad, de durabilidad.
Empezamos a hablar solo de precio, rotación y tendencia.
Hoy compramos más ropa que nunca, pero vestimos peor.
Prendas que no abrigan.
Que no duran.
Que no acompañan el cuerpo ni la vida.
Ropa pensada para ser descartada, no para ser usada.
No es solo un problema económico.
Es cultural.
Argentina supo producir textiles de excelencia y exportarlos al mundo. Supo formar técnicos, tejedores, especialistas. Supo entender que una prenda empieza mucho antes del diseño: empieza en la tela.
La pregunta ya no es si podemos volver a hacerlo.
La pregunta es si queremos.
Porque sin industria no hay oficio.
Sin oficio no hay calidad.
Y sin calidad, no hay futuro posible para la moda ni para quienes la producen.
Hasta la próxima
La Señora del Lujo Silencioso
Durante décadas, Argentina tuvo una industria textil que hoy parece ciencia ficción.
No solo vestía a su mercado interno: exportaba telas de altísima calidad a Europa, incluso a países con tradición textil centenaria.
Cuando la eterna juventud deja de ser deseo y se convierte en condena. Entre ficciones que parecen realidades y procedimientos sometidos a una industria, hoy hay cuerpos que sufren por no ser aceptados y una sociedad que castiga lo distinto.