Hay un antes y un después de la pandemia.
Y no solo cambió la forma de trabajar, de vincularnos o de consumir. También cambió la forma de vestirnos.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
El uso de las zapatillas para todo tipo de actividades se impuso como norma.
Lo que antes era una excepción, hoy es casi una regla.
Lo confirmé hace unos días, viajando en colectivo por el Metrobús desde 9 de Julio y San Juan a Avenida Maipú al 1000, Vicente López , atravesando varios barrios de la capital, entre ellos Barrio Norte, Recoleta, Palermo y Belgrano.
Observaba a los transeúntes.
Mujeres con trajes, hombres con camisas impecables, hombres y mujeres con ropa informal o deportiva, algunos vestidos elegantes… todos acompañados por zapatillas.
La escena era uniforme.
Demasiado uniforme.
Entonces me surgió la pregunta:
¿En qué momento las zapatillas se volvieron elegantes?
¿Quién decidió que combinaban con todo?
¿Y quién dijo que le quedan bien a todos?
Las zapatillas eran sinónimo de deporte.
Nunca se nos hubiese ocurrido completar un look sastrero con ellas.
Se pensaba en un stiletto, en una bota elegante, en un zapato clásico. Y ni hablar en los hombres: era prácticamente un calzado prohibido.
Hoy esa lógica se rompió.
Y no me digan que es por una cuestión de presupuesto, las zapatillas hoy son costosas. Las de marcas internacionales, aún más.
No estamos hablando de necesidad.
Estamos hablando de tendencia.
Y aquí aparece algo más profundo.
La elegancia no era solo una cuestión económica.
Era una cuestión cultural.
Era criterio.
Era saber qué usar, cuándo y cómo.
Vestirse bien implicaba una decisión consciente.
Había intención.
Había cuidado.
Había personalidad.
Hoy, en cambio, vestirse parece haberse vuelto automático.
La comodidad desplazó al criterio.
La tendencia reemplazó al estilo.
Y cuando la estética deja de ser pensada, también se pierde el buen gusto.
Pero hay algo más que también me llamó la atención al observar la calle: la falta de limpieza.
Zapatillas sucias, gastadas, deterioradas.
Y lo más preocupante es que ya no parece importar.
La elegancia comienza por la higiene.
Por la limpieza.
Por el cuidado personal.
El lujo silencioso nunca fue ostentación.
Fue prolijidad.
Fue detalle.
Fue cuidado.
Sin embargo, incluso las marcas de lujo empezaron a vender descuido como estética.
Zapatillas rotas, sucias, desgastadas, lanzadas al mercado con precios exorbitantes.
Lo que antes era descuido, hoy se vende como tendencia.
Lo que antes era falta de cuidado, hoy se presenta como estilo.
Pero la elegancia nunca fue descuidada.
Nunca fue sucia.
Nunca fue improvisada.
La limpieza es el primer paso hacia el lujo.
El cuidado personal es el primer gesto de elegancia.
Y cuando el descuido se vuelve moda, no estamos evolucionando.
Estamos retrocediendo.
El lujo, históricamente, marcaba el camino.
Hoy lo sigue.
Las grandes casas de moda se rindieron ante la moda urbana.
El streetwear redefinió las reglas del vestir.
Las zapatillas dejaron de ser deportivas para convertirse en símbolo de estatus.
El lujo dejó de imponer elegancia y empezó a adaptarse al mercado.
¿El objetivo?
No quedarse afuera del negocio.
Pero cuando el lujo se adapta al negocio, pierde su esencia.
Si los grandes diseñadores del siglo pasado vieran sus diseños acompañados por zapatillas, probablemente se sorprenderían.
No porque estuvieran en contra de la evolución, sino porque la elegancia siempre estuvo asociada al equilibrio, la proporción y la armonía.
La sastrería clásica está pensada para otro tipo de calzado.
El traje estiliza la silueta.
El zapato de vestir prolonga la línea del pantalón.
La zapatilla corta la estética.
Esto no es nostalgia.
Es proporción estética.
Pero el problema no es solo la zapatilla.
El problema es lo que representa.
La comodidad ganó terreno.
Y con ella, llegó la uniformidad.
Hoy todos parecen vestir igual.
Todos con zapatillas.
Todos cómodos.
Todos parecidos.
Antes la moda diferenciaba.
Hoy la moda uniforma.
Y cuando la uniformidad avanza, la personalidad retrocede.
También hay otro factor que no podemos ignorar: la devaluación de la educación estética.
Durante décadas, vestirse bien era parte de la formación cultural.
Había códigos.
Había contextos.
Había respeto por la ocasión.
Hoy esos códigos parecen haberse diluido.
Las redes sociales marcan tendencia.
Los influencers imponen.
Y la gente replica.
Cuando todos repiten, la personalidad desaparece.
Cuando desaparece la personalidad, también desaparece el estilo.
Vestirse bien también es una forma de respeto.
Respeto por uno mismo.
Respeto por el otro.
Respeto por el contexto.
No es lo mismo ir a una gala que a una caminata.
No es lo mismo una reunión formal que una salida informal.
Y sin embargo, la zapatilla parece haberse convertido en la respuesta para todo.
La elegancia no está reñida con la comodidad.
La elegancia también puede ser cómoda.
Un stiletto bien diseñado puede ser cómodo.
Un zapato clásico bien construido puede acompañar durante horas.
Un taco moderado puede estilizar sin exagerar.
La elegancia no exige incomodidad.
Exige criterio.
El problema no es buscar comodidad.
El problema es cuando la comodidad se vuelve la única decisión.
Y cuando la comodidad reemplaza al criterio, la elegancia pierde terreno.
Porque la elegancia no está en la exageración.
Está en el equilibrio.
La moda de la zapatilla generó grandes ganancias.
Impulsó la moda urbana.
Uniformó estilos.
Desdibujó siluetas.
Y, en muchos casos, debilitó el concepto de lujo.
El lujo silencioso se basa en la calidad, en el detalle, en la proporción.
No necesita exageraciones.
No necesita logos.
No necesita seguir tendencias.
Cuando el lujo se masifica para vender más, deja de ser lujo.
Cuando el lujo sigue al mercado, deja de marcar el camino.
Hoy, en nombre de la comodidad, estamos perdiendo el criterio.
Y cuando el criterio desaparece, el estilo también se diluye.
Tal vez la pregunta no sea si las zapatillas son elegantes.
Tal vez la verdadera pregunta sea otra:
¿Estamos eligiendo comodidad…
o estamos renunciando al criterio?
Hasta la próxima
La Señora del Lujo Silencioso
El lujo contemporáneo ya no se define únicamente por la estética ni por el deseo aspiracional.
En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y fragilidad logística, comienza a vincularse con la coherencia, la seguridad simbólica y la verdadera capacidad de sostener y producir aquello que elegimos consumir.