Interés general
24/04/2026

CUANDO EL TRAPO SE VUELVE LUJO

En un local de Palermo, el diseñador Mariano Contreras convierte repasadores, rejillas, trapos de piso y textiles cotidianos en prendas que se venden como moda conceptual.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz


La propuesta incomoda, provoca, genera conversación, pero la pregunta no es si es creativo.

La pregunta es otra: ¿qué dice de nosotros que el trapo pueda convertirse en lujo?

No es una discusión sobre si el material es nuevo o usado.

Tampoco es una discusión sobre talento.

La moda siempre tuvo provocadores.

El punto es el contexto.

Argentina no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que el país exportaba telas de calidad y sostenía una industria con identidad, con oficio, con orgullo.

Ese entramado empezó a desarmarse a fines de los 70, con la apertura económica impulsada por José Alfredo Martínez de Hoz tras el Golpe de Estado en Argentina de 1976.

En los 90, el proceso se profundizó, el resultado fue claro: fábricas que cerraron, talleres que desaparecieron, oficios que dejaron de transmitirse.

Hoy el escenario suma nuevas capas, importaciones que presionan precios, circuitos informales (incluidos los fardos que ingresan desde Chile) y una industria local que intenta sostenerse en condiciones cada vez más frágiles.

En ese contexto aparece el trapo. No como origen, sino como síntoma.

Porque cuando la industria se debilita, la moda cambia de lenguaje.

Deja de apoyarse en el hacer y se apoya en el decir.

Deja de construir valor en la materia y lo construye en el relato.

Cuando el valor no está en el producto, necesita estar en la narrativa.

La provocación estética no es nueva.

Lo que sí es nuevo es el terreno sobre el que ocurre.

En países con industria sólida, la provocación es un gesto artístico.

En países con la industria debilitada, puede convertirse en una señal de desplazamiento: el valor ya no está en la calidad, sino en la idea.





Y ahí aparece el riesgo.

Si todo puede ser lujo, entonces el lujo deja de ser calidad y pasa a ser discurso.

En paralelo, ocurre algo más silencioso y grave: la desaparición de los oficios. Sastres, modistas, modelistas, bordadoras, zapateros, marroquineros, saberes que no se improvisan, que no se reemplazan, que no se recuperan rápido.

Un taller que cierra no es un negocio que baja la persiana, es conocimiento que se pierde.

Sin talleres no hay aprendizaje.

Sin aprendizaje no hay recambio.

Sin recambio no hay industria.

Y sin industria, no hay lujo posible.

El llamado lujo silencioso (ese que no necesita logos para ser reconocido) depende de algo muy concreto: manos que sepan hacer.

Sin esas manos, lo que queda no es lujo, es representación.

Pero hay un punto incómodo que no se puede esquivar.

Nosotros.

Como consumidores, también somos parte de esta transformación.

Elegimos precio sobre calidad.

Velocidad sobre durabilidad.

Cantidad sobre criterio.

Y en ese proceso, perdimos algo fundamental: la capacidad de distinguir.

La crisis del oficio también es una crisis de mirada.

Cuando dejamos de reconocer una buena tela, un buen corte, una buena confección, el mercado lo registra y responde.

Pero la pregunta más incómoda es otra: ¿por qué dejamos de distinguir?

Tal vez porque dejamos de educarnos para hacerlo.

La calidad también se aprende.

Se aprende a mirar, a comparar, a entender por qué una prenda dura diez años y otra apenas una temporada.

Se aprende a reconocer la diferencia entre una tela noble y una sintética pobre, entre un buen corte y una mala copia, entre una pieza bien construida y una prenda descartable.

Cuando un país destruye su matriz educativa, pasan estas cosas.

La educación en Argentina también está devaluada, lo vemos en las escuelas, en las universidades, en la pérdida general de exigencia y eso no impacta solo en lo académico: impacta en el criterio.

Sin educación, no hay criterio.

Y sin criterio, cualquier cosa puede parecer calidad.

Entonces la pregunta ya no es solo si el consumidor sabe elegir.

También es si quienes producen saben distinguir, si quienes fabrican, diseñan, venden y comunican todavía reconocen el valor real de lo que hacen, o si todo quedó reducido a una lógica de volumen, urgencia y negocio rápido.

Porque cuando producir bien deja de ser importante, el mercado deja de premiarlo.

Cuando el consumidor no distingue calidad, el mercado deja de ofrecerla. Y cuando el productor tampoco la defiende, el deterioro se vuelve sistema.

Entonces el problema deja de ser una prenda hecha con un material inesperado.

El problema es que ya no sabemos qué estamos mirando.

Y en ese terreno, todo puede convertirse en lujo.

Incluso un trapo.

La pregunta ya no es qué hace la moda.

La pregunta es qué dejamos de exigir nosotros.

Porque el trapo como lujo no empieza en una vidriera.

Empieza cuando la calidad deja de ser un valor irrenunciable.

Y ahí, el problema ya no es estético.

Es educativo y cultural.

Hasta la próxima!

La Señora del Lujo Silencioso


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