En un mundo donde la producción masiva uniformó el vestir y debilitó la calidad, el verdadero diferencial vuelve a ser el criterio.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
¿Estamos realmente seguros de nuestra individualidad cuando vivimos dentro de un sistema global de consumo que homogeneiza todo?
La pregunta puede parecer exagerada, pero alcanza con mirar alrededor para entender de qué estamos hablando.
Caminamos por cualquier ciudad del mundo y vemos las mismas zapatillas, los mismos pantalones, las mismas camperas, los mismos sweaters oversize, los mismos colores neutros y hasta las mismas formas de combinar la ropa y creemos estar expresando identidad, pero muchas veces solamente estamos consumiendo lo mismo que consume el resto.
Hubo un tiempo en que cada país desarrollaba una estética propia.
La moda francesa tenía una identidad definida. Italia tenía otra.
Inglaterra otra.
Latinoamérica también tenía personalidad en sus diseños, en sus textiles y en sus formas de interpretar las tendencias internacionales.
Por supuesto, siempre existieron referentes universales como Christian Dior, Chanel, Balenciaga o Yves Saint Laurent, pero incluso inspirándose en ellos, cada región mantenía una personalidad propia.
Eso era identidad.
Pero cuando el mundo se globaliza y las grandes marcas comienzan a fabricar masivamente en un único polo industrial, la lógica cambia para siempre.
La producción deja de estar enfocada en la permanencia y pasa a enfocarse en la velocidad.
Ya no importa tanto crear una prenda memorable, sino producir millones de unidades para abastecer un mercado mundial que consume cada vez más rápido.
La globalización democratizó la moda, sí.
Pero también uniformó a las personas.
Hoy podemos comprar una misma remera en Buenos Aires, Madrid, Miami o Tokio. Y eso genera una ilusión extraña: creemos estar eligiendo libremente mientras todos terminamos vistiendo parecido.
Nos vendieron individualidad en serie.
Incluso las grandes marcas dejaron atrás parte de la esencia de sus creadores. Muchas casas históricas conservaron el nombre, pero perdieron la filosofía artesanal que las hizo legendarias.
El lujo también fue absorbido por la lógica de producción global, la rentabilidad acelerada y el consumo permanente.
Y acá aparece algo muy interesante que me señaló Rosella Della Giovampaola en nuestra charla.
Ella observó algo que muchas personas perciben, pero pocas explican técnicamente: la calidad de las materias primas también está bajando en el lujo internacional.
Un vestido de Oscar de la Renta o Valentino de hace veinte años no tiene la misma confección, el mismo peso textil, los mismos forros nobles ni el mismo trabajo artesanal que muchas prendas actuales, antes un vestido podía tener tafeta de seda, interiores impecables y estructuras construidas para durar décadas, hoy muchas veces encontramos telas sintéticas, prendas sin forro y terminaciones pensadas más para la exhibición inmediata que para la permanencia.
Y si esto sucede incluso en el lujo, imaginemos lo que ocurre en las marcas ultra masivas que consumen millones de personas alrededor del mundo.
Por eso decidí empezar a llamar “ropa chatarra” al ultra fast fashion.
Sí, ropa chatarra.
Porque así como finalmente entendimos que la comida chatarra nos afecta física y emocionalmente, tarde o temprano vamos a comprender que consumir ropa descartable también tiene consecuencias: económicas, ambientales, sociales y hasta psicológicas.
La ropa chatarra se consume rápido, compulsivamente y sin ningún tipo de nutrición estética.
Compramos prendas que duran una o dos puestas, que pierden forma, color o estructura después de pocos usos y que muchas veces ni siquiera necesitamos. Lo hacemos porque el sistema nos convenció de que repetir ropa es un problema, cuando en realidad el verdadero problema quizás sea consumir sin criterio.
Y acá quiero detenerme en algo importante.
No se trata de demonizar el fast fashion, porque muchas veces es la única posibilidad económica que tiene una persona para vestirse.
Sería absurdo negar esa realidad.
El problema aparece cuando el consumo deja de responder a una necesidad y pasa a convertirse en automatismo.
Cuando compramos por ansiedad.
Cuando acumulamos por impulso.
Cuando creemos que cantidad significa estilo.
Porque la elegancia nunca estuvo en la acumulación.
De hecho, hoy vestirse bien requiere mucho más criterio que dinero.
Y esto también rompe otro gran mito contemporáneo: pagar caro ya no garantiza calidad.
Por eso me parece tan interesante el regreso de las tiendas vintage y de ciertos pequeños comercios de barrio que todavía trabajan con buenas telas, buenas terminaciones y producción más cuidada.
Rosella me contaba que muchas veces encuentra mayor calidad en prendas vintage que en colecciones actuales de lujo internacional, y tiene sentido.
Antes la ropa estaba pensada para durar.
Las prendas tenían estructura, peso, nobleza textil y hasta permanencia emocional.
Un tapado acompañaba años de una vida.
Una cartera podía heredarse.
Una modista conocía el cuerpo de sus clientas.
Un sastre sabía cómo debía caer una manga o construirse un hombro.
Hoy la lógica dominante es otra: descarte, rotación y algoritmo.
El sistema necesita que nos cansemos rápido de lo que compramos para volver a vendernos algo nuevo apenas unas semanas después y esa velocidad destruye no solamente la calidad de las prendas, sino también nuestra relación emocional con la ropa y con nuestra propia imagen.
Por eso creo que estamos entrando lentamente en una nueva etapa.
Una etapa donde el verdadero diferencial vuelve a ser el ojo entrenado.
Saber reconocer una buena tela.
Entender cómo está construida una prenda.
Aprender a combinar.
Elegir menos y mejor.
Volver a usar.
Repetir sin culpa.
Construir un estilo en lugar de perseguir tendencias.
Tal vez el lujo del futuro no sea comprar más.
Tal vez el verdadero lujo sea saber elegir.
Y quizás también redescubrir esos pequeños locales escondidos en los barrios, donde todavía hay personas fabricando con dedicación, seleccionando materiales nobles y defendiendo cierta idea de calidad que el consumo masivo está destruyendo.
Caminar, observar, tocar las telas, comparar confecciones, entrenar el ojo: eso también es cultura.
Porque la verdadera diferencia ya no está entre quien puede comprar lujo y quien no.
La verdadera diferencia empieza a estar entre quien aprendió a reconocer calidad y quien consume compulsivamente cualquier cosa que el mercado le impone.
Hoy una gran prenda puede aparecer en una tienda vintage, en un pequeño comercio de barrio o incluso heredada de un placard familiar.
El criterio volvió a ser más importante que la etiqueta.
Y quizás ahí esté la verdadera discusión que deberíamos empezar a dar: entender que la moda perdió permanencia porque el negocio dejó de estar en la excelencia y pasó a depender de la rotación constante.
Antes una marca construía prestigio haciendo un producto memorable.
Hoy muchas construyen rentabilidad acelerando el descarte.
Pero nosotros tampoco quedamos afuera de esta conversación.
Somos parte del problema cada vez que consumimos sin pensar, cada vez que compramos por impulso o cada vez que confundimos novedad con identidad.
Tal vez haya llegado el momento de frenar un poco antes de comprar.
Preguntarnos cuánto realmente necesitamos.
Preguntarnos cuánto usamos lo que tenemos.
Preguntarnos si estamos construyendo un estilo o simplemente siguiendo un algoritmo.
Porque no necesitamos más ropa.
Necesitamos más identidad.
Hasta la próxima.
La Señora del Lujo Silencioso.
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