Vivimos en una época de sentencias rápidas.
Deslizamos el dedo sobre una pantalla y opinamos en segundos: “Qué bien vestida”, “qué exagerado”, “qué mal look”, “qué vestido espectacular”. Consumimos imágenes a una velocidad inédita y creemos entenderlas.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar quién las construyó.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
¿Quién decidió que un personaje debía usar ese abrigo gastado que nos hizo entender su soledad, su pobreza, sin necesidad de palabras?
¿Quién eligió el vestido con el que una actriz se paró frente a cientos de fotógrafos para comunicar elegancia, poder o cercanía?
¿Quién pensó el peinado, los accesorios, la caída de una tela o el brillo exacto para que alguien pudiera ser visto desde la última fila de un teatro?
La respuesta suele quedar detrás de escena.
Y tal vez haya llegado el momento de correr el telón.
Porque no es sólo ropa.
Detrás de cada personaje que nos emociona y de cada figura pública que admiramos existe un oficio silencioso, minucioso y profundamente creativo.
Un trabajo que investiga interpreta, negocia, resuelve y construye relatos.
Allí habitan dos profesiones que muchas veces se confunden: la diseñadora de vestuario y la estilista.
La diferencia parece sencilla.
La profundidad de ambas, no tanto.
Mientras la estilista construye una imagen pública, la diseñadora de vestuario crea un personaje.
Pero las dos cuentan historias.
La diseñadora de vestuario Sofía Di Nunzio, responsable del vestuario de Annie, actualmente en cartel en el Teatro Broadway, explica que todo comienza mucho antes de elegir una prenda.
“Luego de leer la obra y escuchar la mirada del director, empieza la etapa de documentación.
Puede ser una película, fotos de una época.
Es una etapa muy rica porque en la búsqueda aparece lo inesperado.
La misma búsqueda va delineando las características de cada personaje.”
Lo que para el espectador será apenas un vestido o un tapado durante unos minutos, para ella implica horas de investigación, referencias visuales, bocetos y conversaciones creativas.
Después dibuja.
Luego presenta esas ideas al director.
Y vuelve a empezar si es necesario.
El vestuario, entendido desde esta perspectiva, deja de ser decoración para convertirse en narrativa.
“El vestuario es un RELATO”, afirma Sofía.
Y es difícil encontrar una definición más precisa.
Porque un personaje pertenece a un mundo más amplio que él mismo.
Existe dentro de una historia, acompañado por luces, música, escenografía y actuación.
Incluso su transformación puede leerse a través de la ropa: cambios de personalidad, el paso del tiempo o una evolución emocional.
Nada es casual.
Ni el sombrero.
Ni un reloj.
Ni un bastón.
Ni el color de un abrigo.
Para que ese universo resulte creíble, Sofía destaca que debe existir una verdadera comunión entre la actuación y el vestuario.
La comodidad del actor, los accesorios y la caracterización —peinado y maquillaje incluidos— son fundamentales para que el personaje cobre vida.
La diseñadora de vestuario Betiana Temkin, responsable del vestuario de Desde el Jardín, protagonizada por Guillermo Francella, lo resume con una frase contundente:
“Cuando diseñás un vestuario estás armando un mundo para ese personaje; cuando vestís a una persona real, estás potenciando su imagen para lo que quiere contar en ese momento.”
En esa frase aparece la frontera entre ambos universos.
Betiana cuenta que primero lee varias veces el texto para identificar dónde vive el personaje, de qué trabaja, cuál es su edad y su contexto.
Después deja jugar la imaginación.
A veces el punto de partida es una pintura.
Otras veces, una canción.
Un libro.
Una conversación con el director.
“Hay muchos puntos de partida, dependiendo de cómo encare ese proyecto”, explica.
Y también hay elementos invisibles para el público que forman parte de la construcción: maquillaje, peinados, prótesis, volúmenes corporales, pelucas, zapatos específicos.
Todo ayuda a narrar.
Todo ayuda a contar.
“Creo que la diferencia es que una estilista crea una imagen y una diseñadora de vestuario crea un personaje.
Sí existen puntos de unión entre ambos mundos, pero también muchas diferencias.
Son dos trabajos súper ricos y nutritivos, donde se puede jugar con las texturas, las telas y las posibilidades creativas, aunque desde lugares y construcciones completamente distintas.”
Del otro lado aparece el trabajo de la estilista.
Un universo muchas veces asociado únicamente al glamour, cuando en realidad implica una enorme lectura de la persona que se tiene enfrente.
La estilista Vicky Miranda, ganadora del Martín Fierro de la Moda, ha trabajado con figuras como Tini Stoessel, Andrea Frigerio, Catherine Fulop, entre otras y lejos de pensar solamente en vestidos, su punto de partida es otro.
“Lo primero que hago es dialogar con la figura sobre cuáles son las partes de su cuerpo que más le gustan, los colores, etcétera.
Una vez que definimos eso empezamos a construir su imagen.”
Construir.
Otra vez esa palabra.
No imponer.
No disfrazar.
Construir.
En el estilismo también existe estrategia.
En un show, explica Vicky, hay que pensar en cómo se verá el vestuario desde lejos.
“Si es un show tengo muy en cuenta que se destaque a la distancia porque si no se pierde, por eso puedo jugar más con brillos.”
En una alfombra roja, en cambio, el lenguaje cambia.
“Menos es más.
Son muy importantes las terminaciones del vestido, el pelo, el maquillaje y los accesorios.”
Y aparece un concepto que excede a la moda.
“La comodidad.”
“Lo más importante es que la persona esté cómoda y segura de lo que lleva puesto porque hay que saber llevar un vestido en una alfombra roja.
Si no está cómoda, eso se refleja en la actitud.”
El estilista no sólo viste.
Acompaña.
Observa.
Orienta.
“El estilista ayuda a la persona a conocerse y a saber qué cosas le quedan bien y cuáles no, es un trabajo integral.”
Sin embargo, hay otro punto que atraviesa hoy tanto a vestuaristas como estilistas y del que poco se habla.
La Argentina.
Porque construir personajes e imágenes en un contexto económico complejo exige una creatividad adicional.
Presupuestos más ajustados.
Colecciones más pequeñas.
Menos recursos.
Más negociación.
Más adaptación.
Reutilizar.
Transformar.
Resolver.
Durante años asociamos el lujo con la abundancia, con tener más.
Más opciones, más prendas, más recursos.
Pero quizás el verdadero lujo contemporáneo sea otro.
El criterio.
El oficio.
La capacidad de hacer mucho con menos sin resignar excelencia.
Saber mirar una obra y descubrir quién es ese personaje antes de que abra la boca.
Saber escuchar a una mujer para ayudarla a encontrar una imagen que la represente.
Saber que un accesorio puede cambiar un relato.
Saber que una prenda mal elegida puede traicionar aquello que se quiere comunicar.
La moda suele ser acusada de superficial.
Tal vez porque miramos demasiado rápido.
Pero detrás de un vestuario que nos conmueve en el teatro o de un look que se vuelve inolvidable en una alfombra roja hay sensibilidad, formación, intuición y experiencia.
Hay personas que cuentan historias sin escribir una sola palabra.
Y quizá eso sea, finalmente, el verdadero lujo silencioso.
El trabajo invisible de quienes entienden que la ropa nunca es sólo ropa.
Es identidad.
Es narrativa.
Es memoria.
Es emoción.
Y, muchas veces, es la primera forma que tenemos de decirle al mundo quiénes somos.
Porque sí, vestir también es comunicar y cuando detrás de esa imagen hay oficio, sensibilidad y propósito, la ropa deja de ser sólo ropa para convertirse en un lenguaje capaz de contar, emocionar y permanecer en la memoria.
Quiero agradecer de corazón a estas tres profesionales que me regalaron unos minutos de su valioso tiempo para completar esta nota.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
Vivimos en una época de sentencias rápidas.
Deslizamos el dedo sobre una pantalla y opinamos en segundos: “Qué bien vestida”, “qué exagerado”, “qué mal look”, “qué vestido espectacular”. Consumimos imágenes a una velocidad inédita y creemos entenderlas.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar quién las construyó.
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