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26/06/2026

¿EN QUE MOMENTO DEJAMOS DE ADMIRAR A MUJERES REALES?

Hubo un tiempo en que las vendedoras del lujo eran parte del sueño.

Hoy, convertidas en figuras casi invisibles, me pregunto si el cambio ocurrió en las tiendas… o entre nosotras.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

Hubo un tiempo en que las mujeres reales inspiraban a otras mujeres.

No hablo de actrices, modelos o influencers.

Hablo de la mujer que estaba delante nuestro.

La perfumista de Harrod's.

La vendedora de la joyería.

La encargada de la boutique.

Mujeres de carne y hueso cuya elegancia, presencia y buen gusto formaban parte de la experiencia.

Durante años trabajé en joyerías de primer nivel sobre Avenida Alvear.

Las grandes marcas relojeras y joyeras valoraban la presencia y la elegancia.

Los pantalones estaban prohibidos, el cabello debía estar impecable (nos pagaban el servicio de peluquería!), el maquillaje era discreto pero perfecto, las manos eran tan importantes como una sonrisa y las joyas no permanecían en una vitrina.

Las llevábamos nosotras.

Éramos las modelos de aquello que vendíamos.

Las clientas observaban, preguntaban, se acercaban.

—¿Qué anillo llevás?

—¿Son esos aros de la colección nueva?

—¿Qué reloj es ese?

Y, en la mayoría de los casos, terminaban comprando exactamente aquello que habían visto puesto.

No recuerdo competencia.

Recuerdo admiración.

Recuerdo mujeres inspirándose en otras mujeres.

Tampoco recuerdo rivalidad entre nosotras.

Éramos varias, incluso de joyerías vecinas, y lejos de competir, nos ayudábamos y nos complementábamos.

Curiosamente, la rivalidad la veía más entre los hombres.


Hace unos días hablé con una amiga, ex vendedora de Harrod's Argentina.

Sus recuerdos fueron idénticos.

Ellas también lucían las mejores piezas de las marcas instaladas en la tienda. Porque las grandes casas entendían algo muy simple: una prenda, una joya, un perfume o un reloj cobran vida sobre una persona.

Pero también escuché otra historia.

Un ex director de Chanel me contó que en las tiendas de El Corte Inglés, en España, las clientas comenzaron a incomodarse cuando las vendedoras lucían prendas de colección.

Aquello que durante décadas había despertado admiración parecía generar otra cosa.

Algunas mujeres no querían que un traje por el que habían pagado una fortuna fuera llevado por una empleada.

Y entendí que tal vez ahí había algo más profundo.

Porque una cosa es que una asesora de ventas vista una pieza idéntica a la que la clienta sueña comprar y otra muy distinta es condenarla a la invisibilidad.

Entre un traje de colección y un uniforme negro sin gracia hay un millón de alternativas.

¿Por qué fuimos de un extremo al otro?

Hoy las vendedoras del lujo parecen haberse vuelto invisibles.

Uniformes negros.

Joyas mínimas.

Maquillaje neutro.

Cabellos tirantes.

La consigna parece ser no destacar, no competir, no llamar demasiado la atención.

Y me pregunto si la transformación es solamente estética.

Porque las mujeres seguimos admirando.

Seguimos preguntando qué perfume usa una actriz.

Qué labial utiliza una cantante.

Qué cartera lleva una empresaria.

Qué crema recomienda una influencer.

Seguimos inspirándonos.

Pero pareciera que preferimos admirar a distancia.

A través de una pantalla.

Sin cercanía.

Sin posibilidad de comparación.

Porque una mujer elegante en Instagram inspira.

Pero una mujer elegante delante nuestro también puede confrontarnos.

Y quizás ahí está la diferencia.

Vivimos en una época en la que se habla mucho de sororidad, de empoderamiento femenino y de derechos conquistados.

Sin embargo, nunca nos observamos tanto entre nosotras.

Nunca nos analizamos tanto.

Nunca nos criticamos tanto.

Basta leer algunos comentarios en redes sociales para comprobarlo.

Y entonces me pregunto si no estaremos perdiendo algo mucho más valioso que una forma de vender.

La capacidad de admirarnos.

Porque admirar requiere generosidad.

Compararse, en cambio, agota.

Quizás por eso las grandes marcas decidieron apagar a aquellas mujeres que formaban parte del sueño.

Las hicieron neutras.

Las hicieron invisibles.

Pero en esa búsqueda de perfección corporativa, siento que algo se perdió.

Porque hubo un tiempo en que las mujeres reales inspiraban a otras mujeres.

No eran influencers.

No eran celebridades.

No eran inalcanzables.

Eran mujeres reales.

Y, tal vez, precisamente por eso, podían inspirarnos.

Todavía me pregunto si el lujo cambió tanto.

O si las que cambiamos fuimos nosotras.

Porque quizás las mujeres no dejamos de admirar.

Simplemente dejamos de admirar de cerca.

Y entonces quisiera dejarles una pregunta, especialmente a las mujeres que me leen:

¿Qué pasó con la admiración femenina entre mujeres reales?

¿Seguimos inspirándonos unas a otras?

¿O la comparación, las inseguridades y la mirada constante terminaron ocupando el lugar que alguna vez tuvo la admiración?

Las leo.

Hasta la próxima.

La Señora del Lujo Silencioso

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