Elegir prendas nobles, entender cómo combinarlas, aprender a elevar un outfit con buenos accesorios y no con acumulación. Vestirse con criterio, no con ansiedad.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Caminar ordena ideas.
Y mientras camino, pienso en esto: hablamos de lujo silencioso como si fuera solo una estética, pero en realidad es una actitud frente al consumo.
El lujo silencioso propone comprar poco, pero bien, calidad sobre cantidad.
Ahora bien, vale hacerse una pregunta incómoda:
¿alguna vez pensaste cuánto estás gastando realmente en ropa muy barata o en esas compras impulsivas que parecen inofensivas porque “no duelen”? Muchas veces creemos que, por ser barato, no estamos gastando dinero, pero la repetición constante termina siendo más costosa que una sola compra consciente y duradera.
El problema no es el precio.
El problema es el automatismo.
Con un poco de autocontrol —y, sobre todo, con conciencia— quizás ese dinero que hoy se va en compras sin pensar, mañana te permitiría acceder a prendas mejor hechas, atemporales; incluso a casas que hoy parecen lejanas.
No porque el lujo sea una meta aspiracional, sino porque la calidad siempre termina siendo una inversión.
Muchas veces el consumo se disfraza de deseo de pertenencia: anteojos con logos gigantes, carteras con iniciales que buscan decir “yo también llegué”. Productos fabricados en masa, pensados para que creas que sos millonaria por llevarlos puestos, lo que se llama o llamaba, lujo aspiracional…
O algo peor, comprar imitaciones con tal de llevar puesto un logo.
Y eso no es lujo.
Eso es necesidad de validación.
El lujo verdadero es otra cosa: autenticidad, coherencia, identidad.
Saber quién sos y vestirte en consecuencia, pensar antes de comprar y preguntarte, honestamente, si con ese gasto no podrías acceder a algo mejor, más duradero, más tuyo.
Pero mientras hablamos de consumo, también vale mirar qué está pasando detrás de escena.
Según el último Boletín Económico Sectorial (enero de 2026), la industria textil argentina atraviesa una de sus peores crisis: la producción cayó un 24% interanual y, si miramos dos años hacia atrás, la contracción alcanza el 40%.
Hoy apenas se utiliza el 32,5% de la capacidad instalada: seis de cada diez máquinas están apagadas.
La industria del calzado y la marroquinería no están mejor.
La fabricación de prendas, cuero y calzado cayó más del 15%, y el rubro zapatero es el más golpeado en cierres de empresas, con una caída del 14% de establecimientos productivos.
Paradójicamente, las ventas crecieron.
Pero no por un consumo más saludable, sino porque gran parte de lo que se vende es importado, a precios cada vez más bajos.
Las importaciones de prendas y confecciones aumentaron más de un 160% y 210% respectivamente, marcando récords históricos.
Compramos más, pero lo que compramos ya no sostiene trabajo local ni saber hacer.
Mientras hablamos de oficios, calidad y consumo consciente, también vale tocar una verdad menos glamorosa: la producción local en la Argentina está sometida a una carga impositiva enorme.
Según informes del sector, más del 50 % del precio final de una prenda corresponde a impuestos nacionales, provinciales y municipales, y del valor de esa venta los fabricantes apenas se llevan alrededor del 8 % después de absorber impuestos, alquileres, logística y financiamiento, entre otros costos de sostener una producción formal.
Esa presión tributaria —que combina IVA, Ganancias, aportes y contribuciones, ingresos brutos, tasas locales y demás tributos sobre la cadena productiva— es uno de los factores que hace que la ropa local resulte cara, aun cuando genera trabajo y saber hacer, mientras que las prendas importadas llegan con menores barreras y cargas, compitiendo en precio y sin sostener los mismos compromisos sociales y fiscales.
Esto no es una excusa de la industria: es una alerta.
Si queremos que los oficios sobrevivan, no alcanza con hablar de estilo y criterio de compra: hace falta repensar cómo se valora y se acompaña la producción local, desde políticas públicas hasta hábitos de consumo que reconozcan que lo barato muchas veces sale más caro cuando se traduce en desaparición de empleo, saberes y futuro productivo.
Y acá aparece un punto clave: el consumo deja de ser un acto individual y se vuelve una decisión colectiva.
Cuando elegimos solo precio sin preguntarnos origen, calidad o durabilidad, estamos validando un sistema que produce descarte: de ropa, de oficios y de personas.
Mientras discutimos precios y tendencias, los oficios se están muriendo.
No por falta de talento, sino por falta de decisión.
La avalancha de importaciones baratas y el consumo sin preguntas están vaciando talleres, apagando máquinas y empujando al olvido saberes que llevan décadas (a veces generaciones) construirse.
Bordadores, zapateros, cortadores, marroquineros, modistas: no desaparecen porque sean obsoletos, sino porque el sistema decidió que ya no importan.
En Europa esto ya encendió alarmas.
Casas como Chanel entendieron algo básico: sin oficios no hay lujo, no hay diseño, no hay futuro.
Por eso invierten en escuelas, en formación, en transmitir saber hacer, no como gesto romántico, sino como estrategia de supervivencia cultural e industrial.
Espacios como le19M materializan esa visión: un ecosistema donde talleres artesanales, artistas y diseñadores conviven, comparten conocimiento y mantienen vivo un patrimonio que no se puede automatizar ni reemplazar.
(Te invito a conocerlo; www.le19m.com)
Entonces la pregunta incómoda es inevitable:
¿Por qué en la Argentina no?
¿De verdad no somos capaces de pensar en conjunto?
¿Diseñadores, marcas, cámaras, universidades, Estado y sector privado no podrían unirse para salvar los oficios antes de que sea tarde?
Porque sin oficios no hay industria.
Sin industria no hay trabajo.
Y sin saber hacer, no hay identidad posible.
Seguir comprando barato sin mirar el origen no es inocente: es participar activamente de esa desaparición.
Y eso ya no es una cuestión de moda.
Es una cuestión de responsabilidad.
Por eso el lujo silencioso no es moralista.
Es consciente.
No propone no comprar, sino comprar menos y mejor.
No busca ostentar, sino elegir con criterio.
Y entiende que cada prenda de calidad es también una decisión económica, cultural y social.
Porque el lujo silencioso no se muestra.
Se nota.
Y, sobre todo, se sostiene en el tiempo.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
Durante décadas, Argentina tuvo una industria textil que hoy parece ciencia ficción.
No solo vestía a su mercado interno: exportaba telas de altísima calidad a Europa, incluso a países con tradición textil centenaria.
Cuando la eterna juventud deja de ser deseo y se convierte en condena. Entre ficciones que parecen realidades y procedimientos sometidos a una industria, hoy hay cuerpos que sufren por no ser aceptados y una sociedad que castiga lo distinto.